La historia comenzó en un momento en el que la iglesia en Rusia era más importante que el estado, porque era ella quien unía los principados desvinculados más que la corona principal o incluso real.
Muchos saben que el ejército ruso en 1879 ayudó al pueblo búlgaro a obtener la libertad e independencia del Imperio Otomano. Pero las acciones pacíficas que apoyaron a los hermanos eslavos en los tiempos más difíciles no fueron menos importantes para ayudar a los pueblos de los Balcanes.
Ante todo, fue una colaboración en la preservación de los santuarios nacionales. En el siglo XV, casi todas las naciones ortodoxas dependían políticamente de Turquía, a la que no le importaba mucho la preservación de los antiguos santuarios cristianos búlgaros y serbios. Los templos y monasterios se deterioraron y se destruían con el tiempo.
Llegaron para ayudar los rusos. Los monjes viajeros de la lejana tierra moscovita visitaban regularmente Bulgaria y ayudaban de manera organizada. Traían plata, objetos religiosos y preciosa vestidura litúrgica. También iban a Bulgaria albañiles, pintores de iconos, brigadas de maestros que restauraban templos y monasterios que habían sufrido durante los años de guerra. A los búlgaros no se les permitía tener sus propias imprentas. Así que desde finales del siglo XVI los libros les llegaban también desde Moscú.
Cuando llegaron a Moscú los monjes del Monasterio de Rila, el Zar Iván IV les dio un salvoconducto, que les permitía organizar la recogida de ayuda por el territorio ruso. Y él mismo no se quedó indiferente a los problemas de este antiguo monasterio. La ayuda rusa llegó también al Monasterio búlgaro de Zografou en el Monte Athos.
A principios del siglo XVIII, cuando una parte de Serbia fue sometida bajo el dominio austriaco, a petición del metropolita Moisés Petrovich, Rusia ayudó a los serbios a establecer una escuela eclesiástica en Karlovac.
"No son bienes materiales lo que le pido, sino espirituales. No pido dinero, sino ayuda para la educación, las herramientas para nuestras almas. ¡Sé nuestro segundo Moisés y sálvanos de la ignorancia supina!" - escribió el Metropolita a Pedro el Grande.
El primer maestro ruso, Maxim Terentyevich Suvorov, llegó a los Balcanes en la época de la viuda y sucesora de Pedro - Catalina I. Su iniciativa fue apoyada por docenas de otros maestros, que formaron a más de una generación de clérigos serbios.
Motivos persas
El Imperio Persa es el vecino oriental del Imperio Ruso. Las potencias lucharon sólo una vez, pero cooperaron durante siglos. Irán es una gran civilización con una larga tradición. Los emisarios del imperio vecino cubierto de nieve ayudaron a los persas a iniciarse en los secretos de la tecnología moderna. Por ejemplo, en 1857, por invitación de las autoridades iraníes, los expertos rusos ayudaron a construir una fábrica estatal de textil en Teherán.
Hasta finales de 1850, tras acuerdo con los diplomáticos persas, los especialistas rusos en moldeo, industrias azucarera y papelera partieron hacia Irán. No sólo establecieron la producción, sino que, a petición de la nobleza local, enseñaron a los persas la maestría de sus profesiones. Los expertos rusos construyeron también los primeros molinos de viento en Persia, lo que hechizó a la gente local. Así continuó a lo largo del siglo XIX.
Por supuesto, mucho dependía de las preferencias de los jeques persas y de los poderosos dignatarios. Muchos de ellos eran partidarios de la política autárquica, y sin entusiasmo miraban a las actividades de los médicos, educadores, constructores y tecnólogos rusos (y en general europeos). Así, a finales de 1850 el gobierno del Jeque Nasr ad-Din suspendió muchos programas industriales conjuntos persa-rusos.
Sin embargo, siempre ha habido "partidos pro-rusos" en las cortes de Teherán, que se dieron cuenta de los beneficios de la cooperación amistosa entre ambos países y aceptaron con gratitud la ayuda rusa. Gracias a la "intervención pacífica" de los especialistas rusos, se desarrollaron en Persia la artesanía y la agricultura. Así, a mediados del siglo XIX, los agrónomos rusos, enviados por la Sociedad de Manufactura Nikolskaya de los hermanos Morozov, implantaron la cultura del algodón en Tavriz.
En Astracán, cerca del Mar Caspio, fue fundada una universidad para los súbditos del Jeque persa. Así comenzó una larga (y, afortunadamente, todavía existente) tradición de establecer en nuestro país instituciones educativas destinadas a los pueblos del Oriente, África y el Norte.
Los primeros médicos militares de Rusia, por invitación del Jeque, llegaron a Teherán en 1804 y permanecieron en este país durante mucho tiempo.
En esa época existía una tradición secular - incluso desde los tiempos de Iván el Terrible - de la medicina militar que tuvo un desarrollo especialmente significativo en el siglo XVIII, cuando nuestros educadores en este campo eran los alemanes. Los primeros cirujanos que tuvieron los soldados persas fueron los médicos rusos.
Transmitiendo en cadena conocimientos y habilidades, los médicos rusos abrieron centros sanitarios en Enzeli, Asta-re, Bender-Gazi y Meshedesser. Allí trataron tanto las heridas como las enfermedades estomacales. Cada año hasta 15 mil iraníes recibían atención médica gratuita en estos centros. De todos los médicos extranjeros, los persas sólo se fiaban de los rusos.
Primero, los conocían mejor: porque los rusos eran los vecinos más cercanos entre todos los europeos. En segundo lugar, los rusos, en comparación con los ingleses, actuaban con tolerancia, respetaban las tradiciones islámicas.
Esto también se manifestó durante la peste que asoló las provincias árabes de Persia en 1899. Los funcionarios británicos de sanidad fueron recibidos de uñas por los residentes de Bushihr: vieron en los misioneros la actitud de desprecio por el Islam. Los médicos rusos, sin embargo, fueron mucho más diplomáticos en este sentido - y los persas recurrieron con gratitud a su ayuda.
Hombre de la Luna
Los grandes viajeros rusos, por regla general, también fueron destacados educadores. Tal vez el ejemplo más brillante en este sentido es Nikolai Miklukho-Maklai. Su actividad se convirtió en un ejemplo de actitud humana y reflexiva hacia los pueblos, a los que llevó la luz de la Ilustración. Se convirtió en el fundador de la medicina elemental y la higiene en Nueva Guinea, y también enseñó a los locales – papúes - cómo cultivar mangos, naranjas y limones. No en vano los guineanos lo consideraban un maravilloso "hombre de la luna" y "buen espíritu".
Tenían la creencia de que un día un hombre blanco de la luna los visitaría y transformaría sus vidas. Y Mikluho-Maklai les trajo hachas y palas de Rusia y les enseñó a usar estas herramientas. Todavía se utiliza la palabra rusa para "hacha" en el diccionario de los papúes. También el viajero les enseñó a utilizar sal para su comida, fue el primero en intentar curar a los papúes. Llevó una vaca y una gallina a la isla, enseñó a los aborígenes a cuidarlas, como resultado, los papúes comenzaron a aprender las bases de la ganadería. De hecho, el viajero los salvó del hambre y la extinción. Incluso en nuestra época nombran a la vaca "bik maclay" - en memoria del viajero ruso.
Entre los papúes se conserva también otra leyenda sobre el Hombre de la Luna. Una vez la tribu en la que vivía comenzó a prepararse para la guerra con una tribu vecina. "¿Por qué vais a pelear?" - les preguntó. Resultó que no había ninguna razón en particular para la guerra, sólo "era la tradición". Entonces el viajero ruso dijo estrictamente: "¡Prohibidas las guerras! ¡Si no, prenderé fuego al mar!" Al principio, los aborígenes se mostraron escépticos ante esta amenaza. Pero Mikluho-Maklai pidió traer agua de mar. Añadió un poco de queroseno al cuenco y le prendió fuego. ¡El agua estaba en llamas! Los papúes asombrados entendieron que era mejor no discutir con este hombre. Y las constantes guerras sin sentido entre las tribus se terminaron.
Para la futura felicidad de la humanidad...
La construcción del Ferrocarril Oriental Chino acercó Rusia a los pueblos del Imperio Celestial. Más de una vez nuestros médicos ayudaron a los vecinos del este en las situaciones más peligrosas. Una verdadera hazaña médica fue la actividad del equipo médico ruso durante la epidemia de peste de Manchuria de 1910-1911. Eran voluntarios o, como decían en Rusia entonces, apasionados. Fueron a Manchuria por la llamada del famoso bacteriólogo Daniil Zabolotny (1866 - 1929) y, por supuesto, por invitación de las autoridades locales.
Vale la pena contar un poco más sobre el Académico Zabolotny. Después de graduarse en la Universidad Imperial de Novorossiysk, trabajó en la Estación Bacteriológica de Odessa, investigando el cólera y varios tipos de peste. Luego se graduó en la Facultad de Medicina de la Universidad de Kiev. Luchar contra las epidemias se convirtió en el trabajo de su vida. Zabolotny fue el primero en tratar a los niños con suero antidiftérico. Participó en expediciones de localización de la peste en la India, Irán, Mongolia y Escocia. Hasta 1910, había adquirido una experiencia única.
Entonces no sabían curar con eficacia a los infectados de la enfermedad mortal, la tarea principal del equipo fue localizar el brote de la peste neumónica, que se llevó por lo menos 60 mil vidas. Al principio los enviados de Rusia tenían que recoger los cadáveres y quemarlos, eliminando la bacteria de la peste. Los sanitarios inocularon a los chinos que vivían en la zona de la epidemia con una vacuna de Vladimir Khavkin, pero esta, por desgracia, no pudo combatir este tipo de peste. Khavkin inventó su vacuna en 1896, y sólo en la India le deben la vida más de ocho millones de personas que vivían en zonas contaminadas. Pero esta vacuna, que funcionaba perfectamente contra la peste bubónica, demostró ser impotente contra la peste neumónica que los médicos rusos habían encontrado en Manchuria.
Fue una verdadera guerra contra la peste negra. Alrededor de cuarenta trabajadores del personal sanitario murieron curando a los residentes locales, manteniendo el juramento hipocrático hasta el final. Una carta del estudiante moribundo Ilya Mamontov a casa permanece en la historia:
“Querida mamá, me enfermé con alguna tontería, pero como durante la epidemia de peste uno solo se contagia con nada más que la peste, será entonces la peste... La vida de una persona es nada comparado con la vida de la comunidad, y para la futura felicidad de la humanidad hacen falta sacrificios”.
No murió en vano. Los médicos que utilizaron estrictas medidas de cuarentena en Manchuria lograron detener la propagación de la plaga. En febrero y marzo de 1911, la enfermedad retrocedió.